Hace unos días paseaba por la calle, cuando de repente los gritos de una madre a su hijo llamaban mi atención. No conozco el motivo por el cual el niño lloraba. Pero sí que recuerdo perfectamente la frase que la madre le gritó al niño al tiempo que le daba un “azote” en el trasero: “¡los hombres no lloran!“.

Han pasado unos cuantos días y esa frase sigue resonando constantemente en mi cabeza. Los hombres no lloran. Los hombres no lloran… ¿cómo que no lloran?

Como hombres recibimos constantemente este tipo de mensajes. Y muchos otros: “No llores. Deja de llorar. No muestres tus emociones. Compórtate como un hombre. No seas débil. No seas una nenaza. Que nadie te falte al respeto. Qué maricón. No seas un calzonazos. Sé valiente. Échale huevos… Sé un hombre.”.  Estos son tan sólo algunos de los mensajes que se recogen en los primeros minutos del documental “The Mask You Live In“, dirigido por la cineasta y activista feminista Jennifer Siebel Newsom y que sirve como denuncia de la situación en la que viven algunos niños, especialmente en Estados Unidos, aunque muchos de los ejemplos que se muestran en el film siguen estando muy presentes en todo el mundo.

Este tipo de mensajes se repiten día a día en las escuelas, en las calles, en algunas casas, en el gimnasio, en el campo de fútbol… resumiendo, en todos lados. Escuchamos este tipo de mensajes porque forman parte del concepto erróneo que hemos aprendido sobre la masculinidad, y que sin darnos cuenta seguimos propagando.

Es por ello que desde hace ya un tiempo siento la necesidad de abrir un debate sobre este tema. Porque me ha afectado personalmente, y porque lo sigue haciendo a veces, más a menudo de lo que me gustaría, y que por ejemplo, me han impedido mostrar algunas emociones tan masculinas, como humanas. Porque quizás, aquí empieza el problema. ¿Por qué no dejamos de educar a nuestros hijos e hijas para que se conviertan en hombres valientes o mujeres hermosas, y empezamos a educarles para que sean, en general, mejores seres humanos sin contemplar su sexualidad?

¿Nos hemos preguntado seriamente cuáles son las consecuencias de tanta represión emocional por parte de la sociedad en niños, adolescentes o adultos?

La masculinidad está matando al hombre

En Septiembre de 2014 Emma Watson fue invitada a la sede de las Naciones Unidas como embajadora de buena voluntad de ONU Mujeres para dar a conocer públicamente HeForShe, una plataforma creada para fomentar la igualdad de género. A lo largo de los poco más de 10 minutos de duración, la actriz y activista comparte unos datos muy alarmantes no tan sólo para denunciar la situación en la que viven algunas mujeres de todo el mundo, sino para dar a conocer algunos datos igualmente preocupantes sobre cómo el concepto de “masculinidad” está afectando a muchos hombres, que se ven incapaces de pedir ayuda cuando sufren algún tipo de enfermedad mental sólo por el miedo a que se les juzgue como “menos hombres” por hacerlo.

Así por ejemplo, en el Reino Unido el suicidio es la principal causa de muerte entre los hombre con edades comprendidas entre los 20 y los 49 años. Unos datos que se repiten en otros países y que dan mucho que pensar sobre el elevado coste que tiene para el hombre la represión de algunas emociones como el sufrimiento causado por la ansiedad o la depresión. Y estamos hablando del resultado más drástico, pero existen otras salidas a todas esas emociones no expresadas como pueden ser la violencia en general, el alcoholismo, las drogas… En fin, que creo que ya hay suficientes datos como para que le demos más importancia a este tema, y para que hablemos abiertamente de algunas cosas que pueden mejorarse.

En primera persona

Todos tenemos una historia, y yo no seré una excepción. Recuerdo perfectamente cuando hace unos años empecé a notar algunos síntomas de lo que semanas más tarde me diagnosticaron como ansiedad. ¡Sí, yo también la he sufrido! Y puede que ahora te sorprendas. Pero así es.

Recuerdo con claridad los momentos en los que, literalmente, me quería morir. Y ahora doy gracias de no haber hecho alguna estupidez que en aquel momento se me pasó por la cabeza. Recuerdo estar sentado en un avión minutos antes del despegue y notar como un sudor frío recorría todo mi cuerpo a la vez que me faltaba el aire. Recuerdo las muchísimas noches en vela tomando todo tipo de pastillas y remedios caseros para conseguir dormirme. Recuerdo el deanxit, esa pastilla milagrosa que tanto se receta y de la cual todavía conservo la última caja a modo de recordatorio, o la hierba de San Juan, un tratamiento de fitoterapia para los trastornos emocionales como la ansiedad o el estrés.

Sí, recuerdo todos esos síntomas tan dolorosos que te hacen replantear muchísimas cosas. Pero también recuerdo la falta de comprensión que hubo por parte de amigos, compañeros o simplemente desconocidos, todos ellos hombres, cuando compartía con ellos todas aquellas emociones que estaba viviendo y que hasta la fecha me eran tan extrañas. Sentía que me estaban juzgando constantemente y que ya no formaba parte de esa tribu con un denominador común, la virilidad.

Sentí que no podía hablar libremente y con total transparencia de todas aquellas debilidades o miedos. Algo dentro de mi me seguía obligando a ser fuerte o valiente, pero yo lo que realmente quería y necesitaba era llorar. Necesitaba que me escucharan sin juicios. Y me hubiera gustado recibir más abrazos, también. Por suerte, y gracias a mi espíritu inconformista, encontré una terapia alternativa, el yoga, y con él conocí a unos magníficos seres humanos que me dieron todo aquello que necesitaba. Simplemente me escuchaban sin juicios y ellos (y ellas) a la vez compartían sus miedos y debilidades conmigo. Y eso fue reparador.

“Hay que ser fuerte cuando sea necesario.

Pero nunca debemos de perder nuestra sensibilidad”

Como hombres, no se nos anima a hablar abiertamente de nuestras emociones. Parece como si tan sólo pudiéramos mostrar nuestras fortalezas o nuestros éxitos laborales. Parece como si en todo momento tuviéramos que demostrar que no somos gays, como si ser gay fuera un símbolo de debilidad. ¡Ay madre! O que no nos podemos permitir tener un mal día o tener ganas de llorar.

Somos unos expertos en sentarnos alrededor de una mesa llena de cervezas y hablar de fútbol, de mujeres, de negocios o de coches… pero cuando tenemos que hablar de lo que sentimos nos vienen las prisas. Mantenemos una armadura para que tan sólo puedan ver que somos fuertes y valientes, cuando en ocasiones, estamos llenos de inseguridades, dolor y sufrimiento. Y mantener todas esas emociones encerradas nos afecta, a nosotros y especialmente a nuestro entorno. Es por todo ello que me he decidido a hablar abiertamente sobre la masculinidad. Esto es sólo el principio.