Este ha sido mi tercer viaje a Nepal. A estas alturas ya debería estar acostumbrado a un viaje de este tipo. De hecho, creo que ya me desenvuelvo bastante bien en el país. El problema siempre es el mismo: volver. Recuerdo perfectamente aquel primer viaje. Fue hace un par de años, en el 2015, unos meses después del terremoto. Por aquel entonces, no tenía ni la más remota idea de lo que el país tenía preparado para mi. Algunos viajes te hacen crecer como persona. Otros viajes simplemente te hacen abrir los ojos, la mente, el corazón. Hay viajes que te hacen despertar.

Hacía pocas horas que había aterrizado en el caótico aeropuerto de Kathmandu. El trayecto hasta el hotel fue toda una carrera de obstáculos. Ya estaba en Thamel, el conocido barrio de la capital donde se suelen alojar los turistas, la mayoría de ellos “trekkers”. En este barrio es donde suelen fijar el campo base antes de partir hacia zonas tan conocidas como los Annapurnas, el Everest… u otras no tanto conocidas como pueden ser el Manaslu o el Kanchenjunga. A pesar de ser un barrio con más ruido, humo y polvo del que uno puede llegar a soportar, encontré un pequeño oasis donde aislarme de todo aquello. Me encontraba en el hotel Horizon.

Estaba en mi habitación triple con dos camas ocupadas con el material que había cargado desde Barcelona. Mientras intentaba poner algo de orden a todo aquello, recibí un mensaje de un buen amigo, David. En el mensaje me preguntaba: -“Com estàs?”. Y yo le respondí: “Bueno, bien… aunque todo esto es surrealista!”. A lo que él me dijo: -“No, lo que tú estás viviendo es el mundo real. La locura es lo que vivimos en nuestra sociedad occidental”.

Por algún motivo aquella breve charla sigue resonando dentro de mi cabeza dos años después. Y cuanta razón tenía David con sus palabras.

En un país subdesarrollado como este te acabas acostumbrando a realidades con las que tienes que convivir todos los días. En un artículo anterior, escrito poco después de aquel primer viaje, compartía mi experiencia con los niños de las calles de Kathmandu. Y dos años después, he podido ver como este colectivo formado por niños y niñas, sigue estando muy presente en las calles y plazas de la capital. Mientras caminas por Thamel te encuentras con ellos. Especialmente al caer la noche. En muchas ocasiones miras hacia otro lado. Te incomoda su presencia. Sabes que darles dinero no es una buena idea porque seguramente acabarán utilizándolo para comprar algún tipo de droga o sustancia química para colocarse. Darles comida empaquetada tampoco lo es, porque la acabarán vendiendo para conseguir dinero. Entonces, ¿qué podemos hacer? La respuesta no es fácil. Pero tampoco es fácil mirar hacia otro lado.

Unos días antes de coger el vuelo de regreso a casa me encontré con una escena que me afectó especialmente. Puede que lo que sentí en aquel momento, fuera un conjunto de las emociones vividas durante las más de cuatro semanas que llevábamos en el país con los compañeros de Time For Action. O puede que me afectara más de la cuenta por el desgaste físico, mental y emocional acumulado a lo largo de estos tres viajes con los que me comprometí personalmente cuando decidí empezar esta aventura. O puede que lo que simplemente vi, fueran unos niños que perfectamente podrían ser mis sobrinos. No lo sé.

El hecho es que me dirigía de regreso a Thamel. Había sido un buen día. Me acababa de despedir de mi buen amigo Nima después de comer junto a él y algunos de sus hijos en su casa en el barrio de Buddha Chowk, cerca de Swayambhunath, conocido por los turistas como Monkey Temple. Conversaba con el taxista que hablaba un tímido inglés mientras intentaba argumentar porque a mi edad todavía no estaba casado ni tenía hijos aún, un hecho que le preocupaba especialmente. Fue un viaje agradable y divertido. Una de las cosas que me gusta más de viajar es conocer cada una de las historias que se esconden detrás de las personas que se cruzan en mi camino. Intento preguntar tanto como puedo. Y a veces lo hago sobre algún tema delicado o conflictivo, aunque siempre sin faltar al respeto. Todos tenemos una historia. Y el taxista también tenía la suya, por supuesto. Había regresado a Nepal después de estar unos años trabajando en países como India o Malasia, como hacen muchos de los nepalíes que se ven forzados a abandonar el país, y ahora intentaba ganarse la vida con un taxi. Estaba casado y tenía un niño de catorce meses.

Nos encontrábamos a las puertas del barrio, a pocos metros del final de la carrera. Mientras buscaba en mi bolsillo las 300 rupias que habíamos acordado para pagar el viaje, vi a través de la ventanilla a tres niños pequeños, de entre 3 y 7 años. Los más pequeños estaban tumbados sobre el vientre en el suelo. La mayor de los tres, que imaginé era la hermana, les tapaba con una manta mientras ellos permanecían inmóviles. No pude ver a ningún adulto a su alrededor. Sólo pude ver a algunos turistas que paseaban a su lado como si aquello fuera de lo más normal. Y sí, puede que sea normal ver este tipo de situaciones en países subdesarrollados, pero, ¿cómo podemos llegar a acostumbrarnos a algo así?

El jueves hará dos semanas que volvimos de Nepal y siento que me sigue costando volver a la “normalidad”. De hecho, no quiero volver de este viaje, ni de ninguno de los que he realizado anteriormente. No quiero volver a las prisas, a la falta de tiempo o al consumismo desorbitado que nos rodea y del que nos cuesta tanto escapar. Es difícil no volver a caer en la rutina, especialmente cuando la mayor parte de las personas que te rodean son pasajeros de este tren de alta velocidad en el que hemos subido casi sin darnos cuenta. Puede que por este motivo haya decidido que es un buen momento para volver a escribir. Puede que así haya alguien más que se levante por las mañanas con un poco más de gratitud, compasión y amabilidad, unos valores que no siempre podemos ver en nuestras calles.

Si acabas de leer este post, puede que pienses que ha sido un viaje cargado de tristeza, frustración y lágrimas. Y sí… ¡he vivido estas emociones! pero también he visto mucha esperanza, alegría, generosidad y amabilidad a través de los diferentes proyectos en los que hemos colaborado. Te hablaré de ellos.