He llegado unos minutos antes de la salida del tren. Hace casi una hora que he cogido el metro en Crimée, una estación situada en el distrito 19 de París, en el noreste de la ciudad. Para llegar aquí he combinado las líneas 7 y 2, y algún que otro rato a pie bajo tierra. Por fin estoy en la estación de París – Gare de Lyon. El edificio es enorme, y al ser domingo se acumula una gran cantidad de gente por todos lados. Al cabo de unos momentos, consigo localizar el Hall 1, donde se sitúa el tren rápido TGV que me llevará a Barcelona Sants. Todavía faltan unos 30 minutos para las 14:07 hrs, la hora prevista. Decido no coger el libro. No utilizaré el móvil. Dejaré de lado los auriculares y la música. Voy a observar todo lo que pasa a mi alrededor.

Hay personas que esperan sentadas en el suelo. Otras lo hacen de pie. Algunos parecen hipnotizados por el panel electrónico donde se anuncian las salidas y llegadas de los diferentes trenes. No pierden detalle alguno. Personas enganchadas a los teléfonos móviles. Personas leyendo libros. Niños correteando arriba y abajo. De repente aparece un grupo de chavales al más puro estilo “boyscout”. Se visten con una camisa naranja, cargan unas mochilas enormes y llevan el típico pañuelo que acostumbra a caracterizar este tipo de jóvenes exploradores. Veo que a lo lejos alguien bosteza, puede que debido a una mala noche por los llantos del recién nacido de los vecinos de abajo o a una gran noche de fiesta con los antiguos compañeros de la universidad, ¡quien sabe! Todo parece caótico.

Gente en la Gare de Lyon

Todo parece en armonía. Pasan los minutos e intento leer lo que significan los gestos y caras de las personas que me rodean. Se oyen unos gritos. Una pareja discute. Parece que han olvidado algo en casa. El hombre está muy alterado y sus gritos se oyen a varios metros. Su voz altera la armonía del caótico gentío. La mujer, en cambio, está tranquila. Sujeta con su mano al niño de unos 3 años que les acompaña. Padre e hijo llevan una gorra de algún equipo de béisbol norteamericano, pero no son yankees, pues todos ellos hablan un francés que me es difícil de entender. Puedo sentir la rabia e indignación que transmiten las palabras del padre, y por un momentos esos sentimientos recorren mi cuerpo, pero al mismo tiempo siento la vergüenza ajena. Son varios los viajeros que se han percatado de la discusión, y sus miradas se dirigen hacia la joven pareja. Pasan unos minutos, pero nada parece que vaya a solucionarse. De repente, algo cambia. El hombre baja su mirada hacia el niño y le dirige una sonrisa. “¿Estará arrepentido?” – me pregunto. Parece que por fin ha entrado en razón y se da cuenta que está exagerando, y lo que es peor aún, está montando una escena delante del pequeño que parece no entender nada. En darse cuenta del cambio de comportamiento del padre, la madre mueve ficha y se acerca para darle un abrazo. Tímidamente dibujo una sonrisa en mi rostro, y me doy cuenta que son otros viajeros los que se alegran del repentino cambio de actitud de este desconocido malhumorado. Vuelve la armonía y la paz en la Gare de Lyon.

Una simple historia en un mundo complejo

Esta es solamente una de las miles de historias que cada día se suceden en esta estación de tren. La gran mayoría de estas personas nunca será protagonista de la portada de ninguna revista. Sus historias no aparecerán en los libros de ningún autor de éxito. Pero todas ellas en modo alguno tienen voz, y sus actos pueden llegar a influenciar a pequeña o gran escala el curso de la humanidad.

A menudo me hago esta pregunta: ¿qué sucedería si antes de juzgar o criticar a alguien, fuéramos capaces de entender el motivo de ese comportamiento? Si entendiéramos en milésimas de segundo de donde procede la frustración, rabia o miedo que han alimentado algunas actitudes, seríamos capaces de dejar de construir muros a nuestro alrededor.

Nos gusta clasificar y etiquetar a las personas, pero no nos damos cuenta que cuando lo hacemos, los primeros en ser etiquetados somos nosotros mismos.